Era apenas mi tercer mes dentro del instituto bíblico y ya trabajaba en una extensión de mi iglesia principal como parte del programa académico. Mi vida en ministerio apenas comenzaba para mí, pues aunque tenía años como cristiano no había servido como para que alguien esperara algo de mi, o tener una responsabilidad. Yo me dedicaba en ese tiempo a ayudar al maestro de niños al momento de la enseñanza, realizando juegos para reforzar el aprendizaje de la clase, y a repartir los refrigerios justo después de correr incansables veces al rededor de la cancha más cercana. Era solo una vez a la semana que íbamos a trabajar ahí, pero también era más de lo que podía pedir (sentía que lo daba todo). Trataba de ofrecer todo lo que tenía en mis manos: tiempo, fuerza, paciencia, dinero, y algunas veces hasta opiniones acerca del trabajo con niños. Y me funcionaba, era buenísimo haciendo solo esto. Inclusive al poco tiempo después me encargaron hacer la próxima serie de clases para niños para todo el mes. Mi vida estaba solucionada. Seria por siempre un maestro de niños, ¡el mejor de todos! Ya sabia para que había nacido, y ya sabía como iba a morir. Ya no me ofrecería a nada más, ¿para qué? Era bueno, confiaban en mí, y empecé a hacer planes, y en serio planes a corto y mediano plazo. Pero lastima, duraría poco esta comodidad que me había inventado. ¡Qué iluso!

En el mes de Noviembre de aquel año, el grupo de jóvenes de aquel tiempo había planeado hacer un gran evento en la iglesia principal, algo que tuviera una buena cena, gran convivió, y un buen espectáculo en vivo. Aún me pregunto (como lo hice en aquel tiempo) si era necesario tener un show en vivo. Gente joven actuando y cantando ante cientos. ¿Quién querría participar haciendo el ridículo en frente? ¡Éramos muy jóvenes!, y claro que lo que sucediera a la vista de todos en cualquiera marcaría para siempre su vida, pues si con un solo grano en la cara bastaba… En fin. Se llevaba todo preparativo. Toda la iglesia esperaba ese sábado por la tarde. Y entonces ocurrió, uno de mis líderes dentro del instituto, que trabajaba también en el ministerio jóvenes, me mandó llamar, y me dijo: “Lalo, necesitamos tu ayuda…”. Me asuste. “… No tengo otra opción más que seas tú mi relevo”. Cada persona parte del Staff del grupo de jóvenes debía llevar por obligación al menos un invitado para actuar y cantar (a lo que llame en burla “un tributo”), participando primeramente en un ‘casting’. Mi líder se había quedado sin “tributo”, y me pidió de urgencia serlo, suplir a alguien cantando y bailando. Después de días de considerarlo (y de ruegos de parte de mi líder), cedí. “Al menos habrá un filtro para elegir, y ahí se acabara la pesadilla”, pensé. El día y fecha llegaron, y mi turno también llegó, y con nervios pase al frente de tres personas. Tome el micrófono que todos usaron antes, agarre aire por la nariz (que era lo escaso de experiencia que tenia para cantar), y cante con voz fuerte la canción que me habían dado. No olvidare ese momento. No sólo había pasado la prueba de canto para el evento del sábado, sino que aquel mismo sábado me dieron un reconocimiento por ser el mejor cantando, y desde entonces comenzó mi participación en el grupo de alabanza de la iglesia, y por muchos años más. ¡Yo, junto a otros, descubrí que podía cantar!

Pero, ¿qué pasó con mi “llamado” de ser un maestro de niños?, ¿había sido solo emoción?, ¿ahora tenía una nueva vocación, cantar y ministrar así a gente?, o peor aún ¿tenía entonces dos llamados?, ¿alguien puede tener más de un solo llamado? Me quebró la cabeza.

No debo conocer mi propósito a través de mis habilidades, sino mis habilidades a través de alcanzar mi propósito

Hace poco me llego esta revelación, que “el propósito se descubre, no se inventa”. Y es muy cierto. Podré yo saber ser un buen maestro de niños, y a la vez ser un buen cantante. Pero esto no ha parado ahí, pues después aprendí a conducir mejor en evangelismos, a hablar enfrente de personas sin miedo, a programar un viaje misionero, e incluso a construir una pared para una iglesia; y aún así nada de esto ha chocado entre sí. Es sorprendente de que cada vez que me propongo a caminar hacia delante cada vez me siento más cerca de a dónde debo llegar. Es claro entonces que no debo conocer mi propósito a través de mis habilidades, sino mis habilidades a través de alcanzar mi propósito. Creo en verdad que mi problema en las historias no era en todo lo que Dios me daba, sino en cómo lo debía administrar. Y la cuestión correcta no debería ser “porque tengo…”, sino “para que tengo…”. Y algo más, pues como cristianos nos encanta pensar en otras etapas, que tan rápido puedo llegar ahí, pero nos olvidamos de disfrutarlas. Y es que debemos encontrar nuestras lugar en toda temporada. Unas veces al frente, o otras atrás.

Fácil. Si tienes habilidades que Dios te ha dado en este momento, también en este momento tienes un propósito. Recuerda que el llamado es sinónimo a vocación en Dios. ¿Qué utilizaras para llegar a ver cumplido tu propósito en esta vida? ¡Tus dones!, esos te abrirán la puerta a tu futuro próximo. Pero estos no serán tu destino. No vivimos en Dios para alcanzar los que con tus manos puedes comprarte, pues es algo eterno que solo funciona a Su manera, por medio de Su gracia. Ahora mismo no me encuentro haciendo alguna de esas cosas que he aprendido a hacer, todo ha cambiado. Dios me ha dado otras oportunidades, otras habilidades, otras experiencias, pero en verdad mi propósito sigue siendo el mismo. Podremos inventar nuevas predicas, nuevos métodos de enseñanza en el instituto, nuevas clases para niños, y hasta nuevas canciones para la alabanza; pero nada se comparará al momento en que descubramos nuestro propósito. Oremos que Dios nos revele, nos recuerde y nos afirme siempre el propósito de nuestra vida en esta tierra.

«Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios el que hace todas las cosas en todos.» ‭‭1 Corintios‬ ‭12:4-6‬ (‭LBLA‬)‬

–  Eduardo Medina